Dedicada a un entusiasta fan de Berlioz
(Este es un texto que tuve que entregar para una tarea en una clase sobre la lectura. Pero me parece buena, y pues la dedicatoria es porque el Sr. sí es fan de Berlioz, y espero que se divierta con la historia)
La primera vez que escuché hablar de la Sinfonía Fantástica, la obra más célebre del compositor francés Hector Berlioz (1805-1864), fue a través de un libro prestado (por un amigo perdido en el tiempo) que trataba de la sinfonía como estructura, forma y género musicales. Se trataba de un libro para melómanos, para gente que ya tiene algunos conocimientos musicales, pero no se dedica a la música. Eso lo sé por lo que recuerdo de su redacción. Se titulaba simplemente La sinfonía, escrito por un autor cuyo nombre no recuerdo. Pero no dudo que el libro era bastante serio y confiable. En dicho libro, los primeros capítulos estaban dedicados a explicar la teoría que hay detrás de su estructura, y la historia de su desarrollo. Después, aparecía un recuento de prácticamente todos los compositores célebres que han escrito sinfonías, la lista total de ellas y una reseña breve, pero muy concisa y certera, de cada una. Gracias a ese libro, pude conocer de antemano una buena cantidad de obras que, eventualmente, escucharía como si las conociera previamente. Tal vez a otro le habría parecido frustrante esa situación (la falta de sorpresa; la oscuridad de comentarios que otros escribieron y que, acaso, no tienen relación con lo que uno imagina y siente al escuchar), pero de alguna manera era fascinante el descubrir obras que sentía como mías incluso antes de escucharlas. Lejos de frustrarme, me intrigaba saber el por qué se decía tal cosa sobre tal obra, cómo tendría qué sonar una obra para corresponder a su descripción. En el caso particular de la Fantástica, la fascinación era desbordante: ¿cómo tendría que sonar una obra cuyo final es la representación musical de un aquelarre? ¿Cómo podrían sonar los Sueños y las Pasiones del principio? Y desde luego, la descripción sobre el uso de los instrumentos en la orquestación era también intrigante, porque a pesar de que dos obras musicales hagan uso de los mismos recursos sonoros de la orquesta, pueden ser completamente diferentes.
Tengo que admitir que cuando escucho una obra musical de la que ya sabía, por primera vez, [sí] es en ocasiones frustrante: La imaginación a veces supera a la realidad. O simplemente va por otro camino, y la obra real, a pesar de ser excelente, difiere de lo que uno mismo imaginaba. Pero escucharla en vivo es una experiencia indescriptible; en ocasiones, pareciera estar escuchándose una obra completamente nueva, distinta de la grabación. Incluso hay diferencias entre la interpretación que una misma orquesta, o un mismo músico, hacen de una misma obra en diferentes épocas de su existencia, como las diferentes lecturas que alguien hace de un libro en diferentes etapas de su vida.
La primera vez que escuché la Sinfonía Fantástica en vivo me encontraba estudiando la carrera de matemáticas en el Instituto Politécnico Nacional, en Zacatenco, hace más de seis años.(1) En cuan[t]o tenía oportunidad, asistía a los conciertos de la Orquesta Sinfónica del IPN, que tiene su sede en el célebre auditorio conocido como El Queso, el Jaime Torres Bodet. Era la noche lluviosa de un jueves. Logré convencer en esa ocasión a los compañeros de grupo con los que mejor me llevaba para que me acompañaran.
Francamente no sabría expresar con palabras lo increíble de ese momento. No solamente me invadía la emoción de escuchar por primara vez la Fantástica en vivo, sino que fue una de esas pocas interpretaciones que he sentido que le hacen justicia a la obra: una interpretación pulcra, sin arrebatos, ni exageraciones, ni cambios extravagantes en el tempo (es decir, la velocidad a la que deben interpretarse los tiempos de un compás), pero intensa y expresiva. El director de la orquesta entonces era Armando Zayas, muy notable músico y gran personaje en el IPN, pues era a su vez ingeniero, y tuvo diversas ocupaciones y cargos dentro de esa institución a lo largo de su vida.
Fue tal el entusiasmo que me dejó la música esa noche, que volví a asistir el domingo de esa semana, fecha en que repetían el programa interpretado los jueves. ¿Y qué hice? En cuanto terminó la obra y vi la oportunidad, me acerqué al escenario, subí por una de las pequeñas escaleras que están a ambos lados del mismo, y en el momento que el maestro Zayas se acercaba a la salida del escenario, justo al terminar los aplausos, me acerqué para pedirle un autógrafo en mi programa de mano. El maestro, muy amablemente, me condujo al camerino y firmó el programa de mano; después pude decirle unas palabras de felicitación, pero noté que a pesar de su amabilidad, el maestro estaba bastante sorprendido e incómodo, muy seguramente porque jamás había ocurrido en uno de los conciertos de esa orquesta que una persona del público se atreviera a tanto. Salí del lugar con la amiga que me acompañaba, quien me esperaba cerca de la salida. Estaba convencido no sólo de haber escuchado una interpretación genial, sino de haber tenido el privilegio de conocer a uno de los más grandes directores de orquesta de nuestro país.
Por desgracia, después de ese concierto hubo una segunda ocasión en la que (por otro momento de entusiasmo, creo yo que bastante justificado) me atreví a subir así al escenario por un autógrafo (en esa ocasión, de la famosa pianista Guadalupe Parrondo), razón por la cual me fue prohibido asistir a más conciertos de la orquesta. Sin embargo, no me pareció del todo lamentable: con el paso del tiempo, la orquesta fue perdiendo su calidad (supongo que debido al retiro del maestro Zayas), y además, no me hubiera atrevido a hacer tales desfiguros de no haber valido la pena. Pero la historia, a pesar de todo, no terminó bien: el programa de mano con el autógrafo del maestro Zayas se extravió en la noche de los tiempos, y no lo pude notar sino hasta hace unos seis meses. Sin duda, se perdió un documento que, a la larga, habría tenido incluso valor histórico, pero al menos persiste en mi memoria el recuerdo de esta historia que comenzó con un libro.
(1) Los conciertos de la OSIPN a que se hace referencia tuvieron lugar entre septiembro y octubre de 2001. —FCC, 11 de julio de 2010.
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